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Las librerías están vivas.

Letras, cerros y travesías

Desde entonces, me siento tranquilamente en mi asiento del autobús, pongo mi playlist para que el alboroto del lugar no me distraiga y empiezo mis dos viajes paralelos. 

Cada fin de semana me aburría o me dormía las dos horas de viaje que me hago desde la ciudad donde trabajo hasta la casa de mis padres en un pueblito cercano, hasta que un colega de la oficina me dijo, en uno de esos comentarios que se hacen porque sí, que había logrado ya leer dos libros durante sus trayectos al trabajo en el transporte público.

Yo tenía la fortuna de poder ir a la oficina caminando, pero la idea no me abandonó. El viernes, entre las cosas que llevaba para el fin de semana, me lleve el libro cuyo final me había eludido por meses, porque no me tomaba el tiempo para leer o porque llegaba demasiado cansado como para pensar en hacer algo diferente a cenar y dormir. 

Afortunadamente, no fui de esas personas que se marean en los autobuses y el truco de leer en el trayecto fue muy efectivo. Además, volvió el rutinario viaje en algo bastante placentero. Desde entonces, me siento tranquilamente en mi asiento del autobús, pongo mi playlist para que el alboroto del lugar no me distraiga y empiezo mis dos viajes paralelos. 

La sensación es bastante agradable. Es como si mi mente fuera a la misma velocidad que el camión, desplazándose en silencio por los valles, caminos y montañas que las letras le dictan. 

No es como que lea demasiado en las cuatro horas que me hago de ida y de regreso, pero si me ha motivado a encontrar más momentos en los que puedo leer al menos un par de párrafos más. Breves momentos en los que los espacios en mi mente se van llenando de maravillosas palabras.