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Las librerías están vivas.

Letras entre descansos y madera

Aunque ya me había gustado la idea de ser un lector, la felicidad en el rostro de mi hija al ver a su padre leyendo terminó de convencerme.

Cuando uno se dedica a la carpintería hay días en los que los pedidos y las fechas de entrega te mantienen completamente ocupado, incluso me toca quedarme de vez en cuando a altas horas de la madrugada, lo que probablemente molestaría a mi familia y vecinos si no estuvieran acostumbrados.

De igual forma, había días demasiado tranquilos. Tanto que me resultaban desesperantes. Los soportaba como podía hasta que a mi hija se le ocurrió acercarse a mí con un libro cuando me vió más fastidiado que nunca. “Ten, para que no te aburras en lo que regreso de la escuela”, me dijo antes de darme el libro y despedirse de mí con un beso.


Agradecí el gesto tan bonito de mi hija al preocuparse por mi, pero me limité a dejar el libro sobre la mesa. Cuando no estamos acostumbrados a leer sentimos que los libros son objetos ajenos e incompatibles con nosotros.

Pero el transcurso de esa aburrida mañana comencé a pensar que como padre responsable debería saber que es lo que lee mi hija, porque le llama la atención hacerlo y sobre todo, qué pensará de mí, que de entre sus libros se le ocurrió recomendarme ese que me esperaba en la mesa.


Al final no había muchas opciones y terminé leyendo el libro. El libro estaba muy bueno, la verdad. Con el tiempo me he dado cuenta de que mi hija tiene buen ojo para las historias, nos gustan las que son terroríficas, con muchos giros en la trama que te asustan y sorprenden al mismo tiempo.

Aunque ya me había gustado la idea de ser un lector, la felicidad en el rostro de mi hija al ver a su padre leyendo terminó de convencerme. Los siguientes días en los que no tuve trabajo los pase leyendo y construyendo un librero enorme en la sala que mi hija y yo vamos llenando poco a poco.


Nunca es tarde para encontrar el libro correcto.