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Las librerías están vivas.

Letras, café y galletas

La hora y media que espera allí, leyendo y bebiendo café se diluye como agua entre sus manos.

Alrededor de las tres, de lunes a viernes, a la misma cafetería llega siempre una mujer. Debe tener unos sesenta años, y aunque nunca repite la ropa o las bolsas, siempre sin falta trae un libro bajo el brazo.
El libro tampoco se repite. Es una lectora veloz porque aunque la rutina sea la misma, tenemos la capacidad de evitar que se transforme en monotonía si vencemos el aburrimiento, y la mujer lo combate eficazmente con el poder de los libros.

Aunque va diario a esa misma cafetería y los empleados sí la reconocen, le dan el mismo trato que a cualquier otro cliente casual y no conocen su nombre, porque saben que después de pedir su café y un pan o algún sándwich, se enfrasca en su lectura con tanta atención que resulta increíble. ¿Cómo es que logra enfocarse tanto en un lugar tan concurrido? Pero lo hace. La hora y media que espera allí, leyendo y bebiendo café se diluye como agua entre sus manos.

La habilidad que le ha regalado la costumbre hace que detenga su lectura, pida y pague la cuenta justo a tiempo, para que al salir, sin que tenga que esperar mucho, aparezca su hija de la mano de sus nietos que la abrazan con emoción al verla.


Antes de que su hija se despida y tenga que tomar de la mano a sus nietos, guarda el libro en su bolsa. Allí deja entrever por unos segundos lo que esconde, hay títeres y libros coloridos que vuelve a ocultar rápidamente otra vez. No deben ver eso sus nietos, pasarán toda la tarde juntos como cada día y esas sorpresas le serán útiles más tarde.


¿A ti te gusta leer en lugares concurridos o se te dificulta poner atención?