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Las librerías están vivas.

Descubriendo Mundos en Páginas Amarillentas

Marco encontró, entre un montón de libros antiguos, uno que llamó su atención. Era una libreta de cuero marrón, con un cierre metálico y unas letras doradas en la portada que decían: “Diario de viajes”. Marco lo cogió con cuidado y lo abrió. Se encontró que las páginas estaban llenas de anotaciones, pero no le interesó mucho lo que decían. Lo que llamó su atención fue la pasta, demasiado elegante como para que terminara en la basura.

Así que decidió comprar el diario, pensando que podría quitar las páginas viejas y hacerse una nueva libreta. Sin embargo, al llegar a casa la curiosidad le ganó y decidió darles un último vistazo a las anotaciones, antes de comenzar con su proyecto.

Lo primero que vio fue una dedicatoria escrita con una letra elegante y cursiva: “Para mi querida hija, que siempre soñó con conocer el mundo. Espero que este diario te inspire a seguir tus sueños y a vivir aventuras. Con todo mi amor, tu padre”. Marco sintió una punzada de curiosidad al leer esas palabras. Entonces empezó a leer el diario con más atención y se dio cuenta de que cada página contenía una fecha, un lugar y una breve descripción de lo que había visto o hecho ese día. Marco quedó fascinado por la variedad y la riqueza de las experiencias que relataba el diario.

El autor había viajado por todo el mundo. Había visitado ciudades famosas como París, Londres, Roma o Nueva York, pero también lugares remotos y exóticos como el Tíbet, la Patagonia o el Sahara. Había conocido a gente de diferentes culturas y religiones, había probado su comida y presenciado con ellos acontecimientos importantes.

Marco se sintió transportado por las palabras del diario, como si él mismo estuviera viviendo esas aventuras. Se imaginó cómo sería ver la Torre Eiffel iluminada por la noche, navegar por el Nilo en una faluca, caminar por la Gran Muralla China, contemplar el Taj Mahal al amanecer, escuchar el canto de los monjes budistas en un templo tibetano y sentir el frío de los glaciares en la Antártida.

Entonces entendió que ese diario era un tesoro único e irrepetible. No podía deshacerse de él ni alterarlo. Era un regalo del destino, una invitación a soñar y a viajar. Decidió conservar el diario intacto como un libro más en su estante, que sin duda sería una fuente de inspiración y de conocimiento. Quizás algún día, él también podría seguir los pasos del viajero y conocer el mundo con sus propios ojos.

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