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La eterna devoción de Octavio: entre libros antiguos y dedicatorias olvidadas

En el recóndito confín de Plaza Juárez, se hallaba Octavio, un hombre de apariencia alargada y humor taciturno, atravesando con una sutileza y elegancia inusuales las ardientes llamas naranjas que danzaban en el suelo de la plaza, dignas de un atardecer de enero. El cielo, en su ocaso, se encendía en tonos violáceos, y Octavio, cegado por el cambio de luz, se adentró en una diminuta librería en la que a simple vista parecía que los libros eran escasos.

Octavio era un bibliómano de los libros antiguos; solo él comprendía el valor inmaterial que estos ofrecen. Mientras exploraba los estantes, sus ojos lanzaban miradas profundas a cada ejemplar que encontraba, y sus manos acariciaban con devoción cada viejo volumen que llegaba a sus manos, como si fuesen antiguos secretos revelados por el implacable paso del tiempo.

Tras una meticulosa búsqueda, finalmente eligió un libro y lo sostuvo con sus manos, manos cuyas grietas reflejaban los años transcurridos, en sus  manos con dedos huesudos, tenían un anillo ostentoso en el dedo meñique, que para él era un símbolo de respeto. Ese mismo respeto era el que Octavio sentía por el libro que ahora sostenía.

En el lomo del libro se encontraban unas letras doradas y engrosadas que se destacaban, mismas que atravesaban su columna vertebral con serifs exuberantes y colas alargadas, murmurando el título de la historia. Al darle la vuelta al libro, las páginas contaban historias silenciosas de manos que lo habían acariciado y apropiado de cada capítulo leído. En la portada, un relieve desgastado y aterciopelado era un testimonio del paso de los años, siendo protagonista de innumerables tardes de verano y de los momentos de pausa en las historias personales de sus antiguos dueños.

En la contratapa del libro, una dedicatoria apenas legible narraba la magia de la historia, el amor y cariño que había unido a dos almas en un mismo tiempo y espacio. 

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