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La puerta oculta: descubrimientos en la librería de Guadalajara

En el entramado urbano de la Ciudad de Guadalajara, la librería situada en la esquina de la calle de Rayón, aunque no particularmente antigua, destilaba un aire de enigma y tiempo detenido. Sus estrechos pasillos exhalaban un perfume intenso a papel envejecido y cuero desgastado, un aroma que se entrelazaba con el sutil olor a madera y memorias perdidas. Bajo los pasos de los visitantes, el suelo de madera antigua crujía, murmurando secretos de un pasado olvidado.

El señor Obregón, el primer cliente en cruzar el umbral, era la personificación de la obsesión. Sus ojos, incandescentes bajo la luz tenue, escudriñaban cada rincón con una intensidad palpable. Sus dedos, delgados y precisos, se deslizaban sobre las lomeras de los libros con una delicadeza casi ceremonial. Se movía con la gracia de un predador, en busca de una presa específica: un libro esquivo que, según leyendas urbanas, contenía el mapa hacia un lugar místico y perdido.

Poco después, la serena figura de la señora Ibarra emergió en el umbral. En marcado contraste con el señor Obregón, esta profesora retraída veía en los libros un santuario, un oasis en el árido desierto del mundo exterior. Sus movimientos eran suaves y meditativos, y tras sus lentes de montura gruesa, sus ojos reflejaban un mundo interno rico y complejo. Cada libro que tocaba parecía un reencuentro con un viejo amigo, un diálogo silencioso entre almas.

El último en entrar fue Fernando, un joven estudiante de la facultad de artes, cuya curiosidad por la belleza era insaciable. Su mundo era el del color y la forma; se sentía atraído irresistiblemente por libros adornados con ilustraciones exquisitas y portadas que eran, en sí mismas, obras maestras. Su acercamiento, aunque más superficial, destilaba una sinceridad y un asombro puro ante el arte.

Estos tres amantes de los libros, cada uno inmerso en su particular universo, encarnaban las diversas facetas de la humanidad: la búsqueda obsesiva, la introspección melancólica y la apreciación estética. Conforme la tarde comenzaba a ceder ante la noche, un giro del destino los unió.

En su fervorosa búsqueda, el señor Obregón desplazó un volumen antiguo, revelando una puerta secreta detrás del estante. Unidos por la curiosidad, los tres se congregaron alrededor de la misteriosa entrada. Al abrirla, los recibió una habitación oculta, un santuario de libros y manuscritos antiguos, testigos mudos de épocas pasadas. En ese instante, bajo el hechizo de ese descubrimiento, las diferencias entre ellos se desvanecieron, unidos por el asombro y la promesa de aventuras aún por desvelar.

La librería, con sus rincones cargados de secretos y ecos de historias antiguas, había tejido un vínculo inesperado entre estas tres almas, inaugurando el comienzo de una aventura misteriosa que apenas despuntaba.

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