fbpx

Secretos en las Páginas: Descubriendo la Vida Oculta de los Libros

Este, amigo, no siempre fue un libro viejo, no pienses que nació así, con las páginas amarillentas y el lomo desgastado, no, como todo lo que existe y lo que no, tiene un principio, surge, como lo hacen las jóvenes ideas, de la intención latente en el extremo de la pluma de su escritor, quien lo forjó por largos caminos en noches de desvelo y, aún satisfecho con dudas, lo dejó partir de sus manos como se deja partir a los hijos, y no sabes lo que le dolió desprenderse de él, de su obra, de su criatura, pero así es la vida de los libros, están hechos para ser leídos, no para quedarse encerrados en un cajón o en una vitrina, y el libro, aquel objeto maduro, en solitaria aventura, encontró su lugar en alguna estantería donde oyó pasar tantos susurros, tantas historias, tantas voces, que se sintió a veces confundido, a veces intrigado, a veces solo, hasta que un día, alguien lo llevó a casa, no sabemos quién, ni por qué, ni cómo, ni qué sintió cuando el lector posó su mirada en él, cuando empezó a leerlo, a descubrirlo, a comprenderlo, a juzgarlo, quizás lo hizo con interés, con curiosidad, con respeto, con admiración, quizás lo hizo con desgana, con aburrimiento, con decepción, con rechazo, no lo sabemos, no podemos saberlo, solamente el libro y el lector lo saben, y ellos no nos lo dirán, porque los libros y los lectores guardan sus secretos, y es de suponer que los libros viejos tienen un pasado, una característica meramente humana que pocos objetos pueden compartir, este, por ejemplo, parece que tuvo un pasado tranquilo, porque sus tapas están impecables, los filos de sus hojas se encuentran limpísimos y, en las últimas páginas, tiene, mira, la envoltura de un chocolate fino de una fábrica de chocolates que ya no existe, y eso nos dice algo, nos dice que alguien lo cuidó, que alguien lo mimó, que alguien lo apreció, y eso nos intriga, nos inquieta, nos sorprende, porque los libros viejos tienen memoria, y ahora llegan aquí, buscando refugio, los coloco en los estantes, me fijo en cada uno, les pregunto, les escucho, les ofrezco mi compañía, por fortuna, tienen nombre, sería un total desastre tratar de asignarles un lugar por sus remiendos, por sus manchas, por sus rasgaduras, imagina que, en lugar de colocarlos a los que correspondan en la sección de geografía, un día los coloco de acuerdo al orden en el que quisiera visitar aquellos magníficos lugares que describen, o que, en lugar de ordenarlos por orden alfabético, los ordeno por el color de sus portadas, o por el número de páginas, o por el año de publicación, o por el género literario, o por el estado de ánimo que me provocan, sería una locura, una falta de respeto, una traición, y yo no quiero traicionar a los libros, yo quiero conocerlos, yo quiero leerlos, yo quiero que los lean, porque la librería es un refugio en la montaña para estos intrépidos viajeros, que han recorrido el mundo, que han vivido mil vidas, que han conocido mil personas, que han sentido mil emociones, y que ahora nos las cuentan, nos las muestran, nos las comparten, y nosotros, los lectores, los curiosos, los afortunados, los elegidos, solo tenemos que abrirlos, y dejarnos sorprender.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Somos comunidad de lectores
Categorías