Alberto Soto conversó con La Coyotera Radio Comunitaria sobre el oficio de librero, las vidas que puede tener un mismo ejemplar y esas librerías donde todavía es posible pasar una tarde entera mirando libros.
Hay libros que llegan a una librería después de haber pasado muchos años en una casa.
Algunos conservan un nombre escrito en la primera página. Otros tienen frases subrayadas, una dedicatoria, el sello de una biblioteca o las marcas de quien volvió muchas veces al mismo capítulo.
Después llegan otras manos.
De eso habló Alberto Soto durante su visita a Metromorfosis, diálogos de par en par, el programa conducido por Adolfo Ortega en La Coyotera Radio Comunitaria, en Guadalajara.
Alberto lleva más de veinte años trabajando con libros usados y actualmente está al frente de nuestra librería de Manuel López Cotilla. Desde ahí ha visto pasar bibliotecas enteras y también a los lectores que llegan buscando qué llevarse de ellas.
Durante la conversación explicó algo que forma parte del trabajo cotidiano de Andanzas: cuando compramos una biblioteca, los libros comienzan otro recorrido. Se revisan, se limpian, se acomodan y vuelven a los estantes. Algunos viajarán a otra ciudad. Otros terminarán en una feria. Muchos encontrarán a su siguiente lector en alguna de nuestras librerías.
Alberto lo dijo de una manera sencilla:
“Los libros tienen una segunda, tercera o cuarta vida.”
Quizá por eso resulta difícil pensar en ellos simplemente como objetos usados. Un libro puede haber tenido varios lectores y seguir perfectamente dispuesto a tener uno más.
La conversación fue llevando a Adolfo y Alberto hacia otro asunto: qué sucede dentro de una librería cuando dejamos de pensar únicamente en comprar libros.
Sucede que alguien entra.
Mira un estante.
Saca un libro.
Lo devuelve.
Encuentra otro.
Pregunta algo al librero.
A veces se queda quince minutos. A veces dos horas. Alberto recordó incluso a un lector que pasó cerca de siete horas recorriendo la librería.
No había ninguna prisa por sacarlo.
“Entra, nadie te va a estar vigilando, nadie te va a estar echando carreras”, explicó durante el programa.
En una ciudad que constantemente parece pedirnos llegar rápido a alguna parte, una librería permite hacer algo bastante sencillo: andar despacio.
Mirar sin saber exactamente qué estamos buscando.
Alberto habló también de los jóvenes que visitan la librería y de una afirmación que escucha con frecuencia: que en México no se lee. Su experiencia detrás del mostrador le hace desconfiar de esa idea. Todos los días encuentra lectores de distintas edades buscando novelas, historia, antropología, filosofía o simplemente algo capaz de acompañarlos durante algunas horas.
También hubo tiempo para hablar del oficio.
De recomendar sin imponer. De conocer los estantes. De recordar de dónde llegó cierto ejemplar. De mantener los libros circulando. De recibir a alguien que pregunta por un título y terminar conversando sobre otro completamente distinto.
Y apareció, inevitablemente, la historia de Librero en Andanzas.
Alberto recordó aquellos primeros años en los que Sergio Núñez y Josué González llevaban libros de feria en feria. Coyoacán, Bellas Artes y muchos otros lugares fueron formando un proyecto cuyo nombre terminó describiendo bastante bien lo que ocurría: eran libreros que andaban con sus libros de un sitio a otro.
Con el tiempo llegaron las librerías.
Y los libros siguieron andando.
La conversación completa con Alberto permite escuchar con calma muchas de estas historias: qué ocurre cuando compramos una biblioteca, cómo llegan los libros a Guadalajara, qué significa recomendar una lectura y por qué una librería puede terminar convirtiéndose en un pequeño lugar de encuentro dentro de una ciudad.
Alberto sigue donde suele estar: entre los estantes de Librero en Andanzas Guadalajara, en Manuel López Cotilla 805.
Si alguna vez pasan por ahí, pueden preguntarle qué está leyendo.
Es bastante probable que la conversación termine en algún libro que no pensaban llevarse.
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