Bajo una enorme lona —bien pensada, aunque amenazaba ceder ante el viento— en una explanada al norte de la Ciudad de México, el asfalto por momentos se convirtió en barro y los pasillos improvisados perdieron su geometría. La lógica del momento se vio desafiada. La gente se quedó. Se acercó, incluso. Como si la condición adversa, paradójicamente, revelara algo que en otros momentos pasa desapercibido: estas ferias son refugio. No es metáfora.
Hay una pregunta que sobrevuela estos eventos: ¿tiene sentido insistir? No la responden los libreros ni los organizadores. La responden las personas: el lector que hojea con cuidado para no mojar las páginas, el librero que cubre sus ejemplares con el mismo plástico con el que se cubre él, la conversación que no se interrumpe aunque esté cayendo un chapuzón.
Decenas de expositores —libreros independientes, pequeñas editoriales, promotores culturales siempre al margen— ocuparon durante varios días la explanada con una propuesta que, vista desde afuera, parece anacrónica: vender libros en un espacio abierto, sin garantías ni afluencia prevista. Vista desde adentro, la propuesta es otra: construir, aunque sea por días, un lugar donde el tiempo se detenga lo suficiente para poder mirar las páginas. Es ir más allá del beneficio. Es una forma de insistir en que ciertos encuentros todavía importan.
Y estas ferias, las que operan sin red institucional, en la periferia geográfica y simbólica, son lugares de resistencia que rara vez se reconocen como tales. No tienen el presupuesto de las ferias más grandes ni su visibilidad. Pero precisamente por eso muestran algo que los grandes eventos tienden a opacar: que el encuentro entre un lector y un libro sigue siendo un acto con consecuencias.
En esta edición apostamos por una estrategia simple que resultó, también, un poco radical: precio único para todos los libros. La medida elimina el cálculo. Y cuando el cálculo desaparece, aparece otra cosa —la posibilidad, el instinto—: personas que salieron con tres o cuatro títulos bajo el brazo, lectores que volvieron una segunda vez, libros que llevaban años en los estantes y que aquel martes lluvioso encontraron nuevas manos. Como si la lluvia, al despejar las dudas, también hubiera despejado algo más.
¿Qué somos sino un cruce de casualidades? Llegas buscando un libro y sales con otro que ni conocías. Ese cruce entre intención y fortuna es, quizás, el argumento más difícil de refutar a favor de estas ferias: que el hallazgo verdadero ocurre sin ser convocado, que la lectura que te cambia rara vez fue la que ibas a buscar.
La feria termina este domingo. Los libros volverán a su resguardo, temporalmente. Los libreros harán cuentas y la explanada recuperará su bullicio habitual. Pero durante estos días, bajo la misma lona que estuvo a punto de ceder, ocurrió algo que vale la pena mirar: decenas de personas eligieron entrar. Eligieron quedarse cuando la lluvia amainaba. Eligieron resguardar sus libros de camino al transporte.
La lluvia no se llevó nada. Eso, en este momento, es noticia.
Comentarios (0)
No hay comentarios todavía. Sé el primero en comentar.