La biblioteca del arqueólogo Felipe Solís

La biblioteca del arqueólogo Felipe Solís

23 de febrero de 2026Josué González

Arqueólogo Stan Declercq

Después de varias semanas de espera, finalmente Sergio me dio luz verde para ir a visitar su bodega en Ojo de Agua, Estado de México. “Nos vemos a las 12 am allí”, me dijo y me mandó la dirección por Google Maps. Inmediatamente, mandé un mensajito a Alicia: “Amor. Mañana estaré en el Tamoanchan. No cuentas conmigo mañana”.

Desde principios de diciembre del año pasado, esperaba esa noticia. En aquellos días, en un tianguis de libro viejo de la Roma, Sergio me mostró cuatro cajas prometedoras con libros sobre arqueología de Felipe Solís, director del Museo de Antropología. Sabía de antemano que no me iba a decepcionar esa pequeña oferta, llegué temprano para que nadie me los ganara. Aproveché el instante para pedir el acceso a la colección completa de Solís.

El mundo de libreros de la ciudad de México hablaba de ¿qué sucedería con su biblioteca?, pero, aunque hay otros rumores, Solís lo tenía claro: “mis únicas herederas podrán vender esos libros” (entrevista con J.E.Navarijo). En la Feria de Libro de Antropología, ya se exhibía una gran cantidad de sus códices. Un buen amigo y coleccionista de libros sobre el mundo indígena americano, se gastó cien mil pesos para conseguir una parte de aquellos. Al menos, es lo que me dijo, y no creo que me mintió, porque varias semanas después, me mostró un video por messenger, abriendo orgullosamente las cajas con sus tesoros. Puro códice del editorial Graz. Pinche rayado. 

En la feria de libro de San Fernando, circulaban los libros de Solís. Los observé y pensé: no hay pierde: todos llevan su ex libris, algunos hasta dos o tres. En aquél momento, y de manera extraña, no se me ocurrió preguntar a Sergio, que en realidad no conocía muy bien, si ya se había vendido toda la colección. Como que lo tomé por hecho, y pensé, ni modo, ya llegará algo acá a San Fer, y si, compré dos cajas con libros de Colección Científica del INAH con sus ex libris. Los subí a La Hora Mágica, mi página de ventas para mis colegas y mi afición desde hace mucho tiempo, y varias se sorprendieron al ver que era material del famoso arqueólogo Felipe Solís.

Felipe Solís Olguín (1944-2009) fue un historiador, antropólogo y arqueólogo mexicano. Cuando se inauguró el nuevo edificio del Museo Nacional de Antropología e Historia en 1974, Felipe Solís fue responsable de la planeación y museografía de la sala de la Cultura Mexica. Fue director del Museo Nacional de Antropología de 2000 a 2009, año en que falleció. Su bibliomanía lo impulsó a juntar 30 mil volúmenes, en su mayoría sobre arqueología de México. Incluso decía alguna vez que “poseer un libro era como poseer a alguien”. 

Fue gran sorpresa entonces, escuchar de Sergio en diciembre que aún no se había vendido casi nada de toda la colección. Los códices sí. Probablemente un lote con libros muy antiguos y más caros, y algo de arte. Pero los libros “comunes” de arqueología, no.

“A finales de diciembre, tendré tiempo de recibirte”, me aseguró Sergio, “es que no hay acceso a las cajas. Están tapadas por otros libros”. Ya para finales de enero, aún no me había dicho nada, y ya impaciente y medio nervioso por pensar que iba a cambiar de opinión, le dije que iba a empezar el semestre de docencia en la ENAH, y que ya no iba a tener tiempo. “Pues ven mañana”, me dijo, “pero te advierto que no podrás ver todo”. No tenía idea de cuánto me costaría comprar algo de esa biblioteca, pero tenía que estar preparado, le hablé a mi hermano para un préstamo, ya que, como le dije, “esto podría ser grande”. Pronto se lo iba a devolver, hasta con ganancia, le prometí. Medio desconfiado, me lo depositó.

Día 1: 6 de febrero del 2026. Primera visita a la colección de Felipe Solís

Cruzando el terrible tráfico del municipio de Ecatepec, llegué a tiempo en Ojo de Agua. No me lo iba a perder, por dios. Ahí, compartía la aventura con una librera de Tijuana, ella vino a comprar literatura, y apenas podíamos pasar en el pasillo de la bodega, construido por libros amontonados. Enseguida Sergio me mostró dónde estaban las cajas de Solís y me dijo: “adelante”. Apareció ante mi una cascada infinita de emociones, danzaba en una torre de babel viva, unos veinticinco mil libros se apilaban frente de mí: de cuatro o cinco metros de altura, y de cuatro por veinte metros, calculo, era la pila que formaba la colección del arqueólogo. La manera de trabajar era desde arriba para abajo, y ver si en el camino, en un descuido yo no me iba para abajo. En menos de medio hora, encuentro la versión en inglés de Excavaciones en Calle Escalerillas, Ciudad de México de Leopoldo Batres, año 1900 (dos días después encontraré el mismo libro en español. Curiosamente, sobre estos dos ejemplares Solís contaba: “en unos cuantos días me llegó de doble manera”. Guillermo Tovar de Teresa le regaló la versión en español. Dos semanas después, consiguió la edición en inglés. Pero tuvieron que pasar 35 años para conseguirlos). Qué hermosas portadas, y qué emoción. Aparecían igualmente Arquitectura mexicana del siglo dieciséis de George Kubler, la primera edición en inglés de 1948, y dos ejemplares del Atlas Arqueológico de la República Mexicana de 1939. Le mandé un whats a mi esposa: “Ya estoy en el Tamoanchan. No sé a qué hora voy a llegar.” 

Día 2: 10 de febrero del 2026  

Me sorprende la cantidad de catálogos de museos que tenía Felipe Solís, al igual que revistas de arqueología de casi todos los países de Latinoamérica. Consciente de que no podré comprar todo, decido optar por “arqueología de México”. Sin embargo, los cuatro elegantes volúmenes de “Correspondencia real del Imperio asirio” de 1936 de la Universidad de Michigan son demasiados hermosos para simplemente dejarlos allí. Luego dirijo mi atención un rato a dos cajas con planos y mapas. Entre Cartas topográficas del Inegi, igual y encuentro algún croquis de un sitio arqueológico, o algún dibujo. “Ajaa”, sí . Hay un dibujo en lápiz de la sala mexica del Museo Nacional con una presentación de varias esculturas “aztecas” en medio de algunos visitantes. Seguramente de su época como curador de esta sala. Aparto también unas cuatro cajas con lo que Solís llamó “separatas”, es decir, artículos sueltos de distintas revistas especializadas. En este momento, ya revisé más de cien cajas, y temo dejar un caos atrás de mí. Creo que la atracción del libro de arqueología está en la multitud de dibujos y fotos de tantos objetos increíbles, y de planos arquitectónicos y paisajes. Casi nunca son libros de puro texto. Las carnitas que me invitan después de excavar más de cinco horas en la bodega me satisfacen, antes de tomar, ahora sí, la autopista a México. Qué privilegio es esto, y la idea de que aún vienen más días en la bodega me emociona bastante. 

Día 3: 13 de febrero del 2026. Último día

Sergio iba a llegar tarde hoy, pero pude entrar desde las 9.00 si lo quería. De manera un poco sorpresiva, me dijo que hoy sería el último día para escoger, ya que iba a comenzar la temporada de ferias, y ya no tendría tiempo para ocuparse con “esto de Solís”. Bien enterado de esta noticia, metí mano en las cajas con cierta velocidad. Aún me faltaban más de 250 cajas por revisar y una pila enorme de libros grandes. Se dice que Felipe Solís tenía una obsesión con el orden y la catalogación de sus libros. Sergio desmintió ese mito, diciendo que en realidad la persona que organizaba meticulosamente los libros de Solís en una bodega para este fin era una familiar. No es raro encontrar pequeñas etiquetas en el interior de la portada con números consecutivos: “997”; “998”; “999”. En el libro con número de catálogo “1000”, hay una nota de Felipe: “Hoy 18 de julio de 1987, he catalogado con el no. 1000 este libro, y continúo catalogando mi biblioteca. Yo Felipe Solís”. En otra notita descubro que compró el libro cuando estaba de viaje con Matos Moctezuma en Londres. Firmas, dedicatorias y anécdotas divertidas de Carlos Navarrete, Florencia Muller, William Sanders, Lizardi Ramos y Richard Mac Neish pasan por mi mirada antes de desaparecer en las cajas. Hacer una inmersión en esa biblioteca es como una excavación real de un sitio importante de Mesoamérica. “La historia de la arqueología mexicana” en una sola bodega.

            Avanzo la revisión de cajas sin comer, porque no quiero salir de esta bodega con la idea de haber dejado una caja cerrada. A lo largo de estos tres días, me voy formando una idea de qué es una colección de libros de arqueología. Sergio me cuenta que nunca le llegó una biblioteca especializada de este tamaño. No me puedo llevar la arqueología de Colombia, de Chile o de Argentina. Simplemente es demasiado. Varias cajas con tesis o de lingüística, tampoco. Con intervalos de veinte minutos aparecen los tres tomos de La Población del Valle de Teotihuacán encuadernados en lomo de piel. Excavations y excavaciones, en Sonora, Tamaulipas, Guerrero o Yucatán. “Un curso de introducción a la arqueología de México. 1952” de Pedro Armillas, redactada con máquina de escribir antigua.

            Después de ocho horas y sin parar de seleccionar libros, me rindo. Me quedan unas 25 cajas. “El lunes cerramos el trato” dice Sergio. Duermo todo el fin de semana del cansancio. Los dedos están hinchados. Pero mi corazón late de felicidad. Espero no decepcionar a Solís y conservar y distribuir entre los colegas su legado. Estoy consciente que normalmente tarda años encontrar el conjunto de libros que seleccioné aquí en solo cuatro días. “Algún día” confesaba Solís, “mi biblioteca regresará a la circulación. Estos libros no van a ser donados a nadie, regresarán al mercado librero, porque allí los encontré”. “Me llevo también ese plano” le digo a Sergio: un plano de 120x80 cm de la sala mexica del Museo Nacional con varias esculturas dibujadas en lápiz. La estatua de Coatlicue me mira desde el centro del dibujo y me parece decir: “no vayas a fallar al jefe de la sala. Cuida sus libros, güero”. 

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