En el Zócalo de Puebla, la FELIP ocupa durante unos días una parte emblemática de la ciudad y nos propone algo sencillo: detenerse. Frente a una mesa, bajo una carpa, junto a una familia que compara libros, la feria convierte la pausa en una forma de mirar.

El domingo fui a la feria del libro de Puebla. El viaje por carretera, de unas dos horas, se interrumpió antes de llegar al centro. Al bajar del viaducto elevado, la caja de velocidades comenzó a fallar. Nos detuvimos, esperamos a que se enfriara un poco y seguimos hasta una calle cercana al centro, donde dejamos el auto sabiendo que la tarde probablemente se extendería más de lo previsto.

Tomé la cámara y seguí a pie.

Puebla se presta para caminar a gusto. Las fachadas de cantera y piedra volcánica, las ventanas altas, los balcones y las rejas de hierro forjado obligan a levantar la mirada. En las calles aparecen iglesias, cafés, restaurantes, casas de antigüedades y pequeños comercios. Hay vendedores de globos, de elotes, de fruta, de piezas de Talavera, de blusas bordadas y de recuerdos para llevar de vuelta a casa. En algunos locales suena música tradicional; unas calles más adelante, un bolero ocupa una esquina y, cerca de un mercado de artesanías, un guitarrista toca jazz mientras la gente avanza sin demasiada prisa.

Al llegar al Zócalo, la plaza estaba llena.

Había personas en los restaurantes, familias caminando por el jardín y grupos que entraban y salían de la feria, instalada sobre las calles peatonales que rodean la plaza.

Esta vez hice algo distinto.

No busqué inmediatamente el stand de Librero en Andanzas.

Empecé a caminar.

Vi familias que discutían qué libro llevarse, personas que comparaban precios, grupos que se detenían frente a las mesas de remates y lectores que se acercaban a los libros envueltos a propósito para ser descubiertos por sorpresa.

Miré muchas manos.

Manos que sacaban un libro de una pila. Manos que lo giraban para revisar la contraportada. Manos que separaban dos o tres ejemplares. Manos que devolvían uno a su lugar y seguían buscando.

Siempre me impresiona ver a familias con integrantes de distintas edades detenerse frente a los libros. No necesariamente compran todos. A veces conversan, preguntan, miran juntos una portada o hacen una recomendación en voz alta.

La lectura suele imaginarse como una actividad individual. En una feria, muchas veces empieza en grupo.

Para quienes vendemos libros, una feria tiene naturalmente una dimensión comercial. Hay que vender, mover las piezas, aprovechar los días de mayor afluencia.

Para quien la visita, ocurre algo más.

Una feria puede ser una pausa: una forma de salir de la rutina, caminar sin demasiada prisa y acercarse a libros que de otro modo quizá no habrían aparecido durante el día.

En una zona abierta del jardín, los organizadores de la FELIP instalaron una carpa grande y un foro con cientos de sillas. A lo largo de la jornada muchas permanecieron ocupadas.

Y ahí apareció una pregunta.

¿Qué hace que alguien se detenga?

Puede ser una presentación que ya comenzó bajo la carpa. Una portada reconocida desde unos metros. El precio de un libro. Un título extraño. O simplemente la curiosidad de ver qué hay sobre una mesa antes de continuar caminando.

Basta mirar durante un rato a las personas frente a los puestos para que la pregunta empiece a regresar hacia uno mismo.

Después de recorrer buena parte de la feria encontré finalmente nuestro stand.

En nuestro stand habíamos apostado por una selección de libros a precio único y por reponer ejemplares conforme avanzaba la feria. Frente a las mesas se repetía la misma escena que había venido fotografiando desde que llegué: alguien pasaba, miraba de reojo y reducía el paso.

Algunos preguntaban el precio. Otros comenzaban a revisar. Unos se llevaban varios libros. Otros ninguno.

Alguien se detenía unos minutos frente a una mesa y después seguía caminando. Otro se sentaba a escuchar una charla bajo la carpa. Una familia podía pasar buena parte de la tarde entre los puestos. Había también quien sólo miraba un momento antes de volver a la plaza.

Cada quien hacía su propia feria.

Las ferias también sirven para volver visible una parte de la vida cultural que muchas veces permanece dispersa, como dormida. Durante unos días, los libros ocupan el centro de la ciudad y se mezclan con todo lo demás.

Con el ruido de los restaurantes, los vendedores y la música. Con las familias. Con quien llegó expresamente a buscar libros y con quien sólo estaba atravesando la plaza.

Al final de la tarde pensé que quizá había pasado varias horas fotografiando una misma escena: alguien que iba hacia otra parte y decide quedarse unos minutos.

La pregunta ya no era solamente por qué se detenían ellos.

¿Recuerdas qué hizo que te detuvieras la última vez frente a una mesa de libros?

La FELIP continúa hasta el domingo 23 de agosto en el Zócalo de Puebla.

Librero en Andanzas estará allí hasta el último día.