Entre novedades, bestsellers y libros que llegan precedidos por miles de recomendaciones, una feria en el Centro de Tlalpan guarda también otra posibilidad: encontrar aquello que nadie nos había dicho que buscáramos.

El jardín del Centro de Tlalpan está hecho para ser atravesado. Los senderos avanzan entre árboles y bancas y terminan encontrándose, de una forma u otra, con el kiosco del centro, el mismo alrededor del cual los vecinos suelen reunirse a bailar los fines de semana. A uno de los costados hay un pequeño foro abierto; enfrente aparecen los arcos del edificio de la alcaldía. Hacia otro lado está la iglesia. Cerca hay un museo y, alrededor de la plaza, cafés, bares y restaurantes que hacen que la vida del lugar continúe durante buena parte del día.

Estamos en agosto y durante cinco días, entre todo eso, también hay libros.

Los puestos ocupan los corredores del jardín sin separarse demasiado de lo que ocurre alrededor. La gente cruza la feria camino a otra parte. Alguien sale de un restaurante. Una familia se detiene. Una pareja continúa hacia una de las calles laterales. Un hombre que parecía caminar a prisa reconoce algo sobre una mesa, reduce el paso y toma un libro.

Lo abre por la mitad, lee unas líneas y después lo devuelve.

En el jardín la vida continúa.

Quizás allí se encuentre uno de los aciertos más sencillos de utilizar el espacio público para actividades culturales. Para encontrarse con un libro no hace falta entrar a un recinto ni haber decidido previamente dedicar la tarde entera a la literatura. A veces basta caminar por una plaza y sentir curiosidad.

Frente a una feria aparecen también algunas preguntas conocidas. ¿Se sigue leyendo? ¿Se lee más o menos que antes? ¿Los jóvenes leen? ¿El libro electrónico desplazará al impreso? ¿Las redes sociales han reducido nuestra capacidad de atención o están llevando nuevos lectores hacia los libros?

Las preguntas siguen allí.

Una muchacha sostiene un volumen abierto mientras las personas que la acompañan avanzan unos metros. Termina la página antes de seguirlas.

Una muchacha sostiene un volumen abierto mientras las personas que la acompañan avanzan unos metros.

La oferta de una feria permite observar buena parte de la conversación editorial del momento. Hay literatura, superación personal, bestsellers, novedades, libros premiados y títulos que durante semanas aparecen una y otra vez en escaparates, videos y listas de recomendaciones. Editoriales y distribuidores trabajan con catálogos vivos, lanzamientos y libros alrededor de los cuales existe ya una conversación.

Hay lectores que llegan sabiendo exactamente qué quieren. Preguntan por un título, muestran la fotografía de una portada en el teléfono, recuerdan el apellido del autor. Quizá vieron una entrevista, recibieron una recomendación o llevan varios días pensando en comprarlo.

El libro existía en su imaginación antes de llegar a la feria.

En algunas mesas, sin embargo, ocurre algo distinto.

Allí están los libros usados.

No forman un catálogo enteramente previsible. Junto a una novela conocida puede aparecer una edición de hace cuarenta años. Más allá, un ensayo de una editorial desaparecida, un viejo libro de historia, poesía, un catálogo de exposición, una traducción distinta de un clásico o un volumen dedicado a un asunto que hoy difícilmente ocuparía una mesa de novedades.

Mañana esa mesa puede ser diferente.

Alguien se llevará uno de esos ejemplares. Otro ocupará su lugar. Algunos libros volverán a aparecer alguna vez; otros quizá no. En los libros usados, una parte de la oferta desaparece en el momento mismo del hallazgo.

Eso cambia la forma de mirar.

Un hombre recorre con el dedo una hilera de lomos. Saca un volumen sobre historia de México, hojea unas páginas y lo devuelve. Después toma otro. Mira la portada, busca el año de edición y vuelve al principio. Esta vez permanece allí.

Un hombre recorre con el dedo una hilera de lomos.

No sabemos qué encontró.

Tampoco sabemos qué estaba buscando.

Quien recorre libros usados aprende a convivir con esa incertidumbre. Puede pasar veinte minutos frente a una mesa y marcharse sin comprar nada. También puede pedir que abran una caja todavía sin exhibir y sacar de ella un libro cuya existencia desconocía una hora antes.

Hay libros perfectamente señalizados. Los hemos visto en escaparates, entrevistas, suplementos, videos y mesas de novedades. Sabemos qué camino conduce hasta ellos. Podrían ser las grandes ciudades de un mapa: luminosas, transitadas, unidas por carreteras conocidas.

Los libros viejos se parecen más a esos pueblos cuyo nombre aparece en un señalamiento cuando uno ya lleva varias horas de camino.

Tal vez alguien nos habló de ellos alguna vez.

Tal vez no.

Hay que desviarse para conocerlos.

En una mesa de libros usados puede aparecer algo que nadie había pensado recomendarnos: un autor desconocido, una colección que dejó de publicarse, una pregunta que perteneció a otra generación, una historia sobre un asunto que hasta ese momento no figuraba entre nuestros intereses.

Uno puede abrir el libro por curiosidad y descubrir, unas páginas después, que llevaba años interesado en algo sin saberlo.

Con el tiempo, un lector aprende también a seguir esas pistas. Un autor conduce a otro, una nota al pie abre una puerta, una editorial se vuelve reconocible. Poco a poco aparecen inclinaciones, manías y asuntos a los que uno regresa sin que nadie tenga ya que señalar el camino.

Por eso algunas bibliotecas personales parecen inexplicables desde fuera.

En un mismo estante pueden convivir una novela que estuvo de moda hace unos meses, un libro de arqueología, un recetario antiguo, poesía, una edición anotada de un clásico y un ensayo encontrado por casualidad en una feria.

Para quien reunió esos libros, rara vez están juntos por accidente.

Los ejemplares usados añaden además otra particularidad: tienen una vida material.

Hay nombres escritos en la primera página. Fechas. Dedicatorias. Sellos de librerías que ya no existen. Frases subrayadas. Entre dos páginas puede seguir guardado un boleto que alguien utilizó como separador.

Nada de eso garantiza que el libro sea bueno.

Sólo confirma que estuvo en otra parte.

Tal vez alguien lo leyó con atención. Tal vez fue un regalo desafortunado y pasó veinte años cerrado. Tal vez perteneció a una biblioteca que terminó dispersándose entre muchas casas.

Ahora está sobre una mesa en Tlalpan.

Alguien lo toma.

Hay una comodidad particular en encontrar exactamente aquello que ya sabemos que queremos. Reconocemos el título, conocemos las opiniones, quizá hasta hemos visto fotografías del libro en manos de otros lectores. Sólo queda encontrarlo y pagar.

El libro usado introduce una pequeña interrupción.

Una novedad editorial nace acompañada por una temporada. Durante unas semanas ocupa escaparates, conversaciones y mesas principales. Después llegan otros títulos. El ejemplar usado circula de otra manera: puede desaparecer durante años y reaparecer una tarde sobre una mesa en Tlalpan.

Quizá allí esté su pequeña rebeldía.

No tanto en preferir lo viejo como en dejar un espacio para que algo nos interese antes de que alguien nos explique por qué debería interesarnos.

Un libro puede haber dejado de aparecer en reseñas, escaparates y conversaciones y, sin embargo, seguir pasando de una biblioteca a otra. A veces permanece décadas fuera de nuestra vista hasta que vuelve a encontrarse con un lector.

Eso hace que una feria de libros usados sea difícil de repetir exactamente.

Una edición que estaba por la mañana puede haber desaparecido por la tarde. Un libro que nadie había mirado durante horas puede encontrar de pronto a alguien. Una persona llega preguntando por un título y se marcha con otro cuya existencia desconocía.

En el jardín de Tlalpan siguen las conversaciones y los pasos. Las mesas de los restaurantes están ocupadas. El kiosco permanece en el centro y los arcos de la alcaldía quedan al fondo. Alguien atraviesa la plaza con un café en la mano.

Frente a uno de los puestos, otra persona sigue mirando libros.

Frente a uno de los puestos, otra persona sigue mirando libros.

Saca uno.

Luego otro.

Todavía no sabe cuál se llevará.

Quizá la mejor manera de entrar a una feria de libros usados sea precisamente esa: sin haber decidido todas las paradas.

Y queda una pregunta para el camino:

¿qué clase de viajero quiero ser?

La Feria del Libro en Tlalpan continúa hasta el domingo 16 de agosto, de 11:00 a 20:00 horas, en el Centro de Tlalpan, Ciudad de México.